Los llamados “países nórdicos” -Suecia, Dinamarca, Noruega, Finlandia e Islandia- comparten históricamente una identidad, cultura y valores muy parecidos, pero también un sistema político que los medios eluden definir como “socialista” para evitar similitudes con partidos europeos que presentan una agenda social y económica muy similar.

Gozan de unos índices de desigualdad muy bajos (medidos en el índice Gini) y unas coberturas sociales envidiables, ligados a una protección de los salarios, de la ocupación y del tiempo de trabajo. La redistribución de la riqueza y su sólido “estado de bienestar” se basa en una presión fiscal alta con respecto al resto de Europa, que coloca además la puntilla sobre las rentas altas.

La presión fiscal en porcentaje del PIB [*] es de 44.5% en Suecia, 47.4% en Dinamarca, 38.8% en Noruega, 44.1% en Finlandia y 51.6% en Islandia. Lejos, y por debajo de la media europea, queda España (33.9%), donde la tendencia en las dos últimas décadas incide en la reducción de los impuestos a las rentas altas y grandes empresas.

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