La causa de la predilección mexicana por los esqueletos y calaveras no es el culto a los muertos, sino la belleza que percibe en la estructura ósea del cuerpo humano. Todo el esqueleto es un prodigio de mecánica con tan perfecta combinación de huesos planos y huesos rectos, que es tan digna de admirar como la forma revestida de músculos y epidermis. Hasta en cierto modo es más universal, no tiene taras individuales, solo manifiesta deformaciones producidas por enfermedad o trabajo, que son también de eterna universalidad.

Especialmente la calavera con la magnífica bóveda del cráneo es digno receptáculo de la inteligencia que allí se ha asentado. Es lo que más dignifica al hombre; la piel de algunos animales, el plumaje, hasta los huesos del cuerpo pueden ser considerados más bellos que la piel y los huesos del hombre, pero ningún cráneo en la serie zoológica tiene la dignidad y nobleza del cráneo humano. Generaliza la especie, es difícil distinguir los cráneos de las diferentes razas y aun de los dos sexos.

Los mexicanos prefirieron el cristal de roca para tallar esculturas de calaveras, porque con la transparencia y los reflejos parece percibir actividad dentro de la bóveda craneal. Mirando fijamente una de las calaveras de cristal, producen la obsesión que ellas estan contemplándonos con sus ojos brillantes, chispeantes y que con algún esfuerzo seríamos capaces de interpretar sus pensamientos. Acaso, apreciaron en la calavera una lección de verocidad y de ferocidad; pero el intenso resplandor de la luz que la refracción de cristal acumula en algunos sitios de la calavera, hace desdeñar la vida de la carne si podemos gozar de aquella intensidad en los puros huesos.

Las calaveras de cristal, varían en forma, tamaño y tipo. No todas son auténticas, talladas por los mayas y aztecas, constituyen un enigma, ya que su construcción sería técnicamente imposible.

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